Tras mucho tiempo dedicado a corregir, matizar (Tamariz), analizar, re-explicar, añadir, cortar, aclarar, variar y tratar de mejorar texto y fotos, he aquí al fin, esta Nueva edición de La Vía Mágica.
La Vía Mágica que fue el primer libro que publicamos en esa hermosa aventura que fue la Editorial Frakson, codo con codo, con mi queridísimo amigo (y admiradísimo escritor) Ramón Mayrata.
Luego, tras unos años y varios libros, Ramón y yo decidimos seguir nuestros caminos, sin tiempo para el enorme esfuerzo que exige una editorial de libros de magia, y la dejamos en manos de Laura Avilés (quien se había ya iniciado en esta actividad en la propia editorial) y que, al principio con el nombre de Frakson y luego con su muy meritoria “Páginas” continuó la senda iniciada.
Senda, vía y andadura renacida y resucitada de nuevo como Frakson, tras años (diez) de siesta prolongada (solo la Mnemónica perturbó su sueño). Y al cabo de cinco años más: “Por arte de Verbimagia”, en colaboración con Gema Navarro quien desde entonces trabaja infatigablemente en la edición de nuevas obras de Magia, animando (dando “ánima”, alma) a los libros y “ánimos” a los autores para que terminemos y publiquemos. Y, así, “Historias de Magas”, “Enciclopedia de dedales”, “…del falso pulgar“, “…de juegos sin técnica” y el maravilloso “El mago moderno”, han visto ya la luz con la ayuda inestimable en las correcciones del entrañable y grandísimo conocedor Jesús Etcheverry.
Pero como dije, nuestro primer trabajo editorial (de Ramón y mío) fue precisamente “La Vía Mágica”, hace ya 23 años…
Y al ser novatos en el oficio de editores, nos salió un libro (creo que) lleno de magia, pero también (sé que) lleno de erratas, fotos en mal orden o invertidas, con un texto lleno de errores de maquetación y una cierta dificultad en algunos textos a tres columnas, que no coincidían demasiado bien… Defectos luego inexistentes en los preciosos libros posteriores: “Sonata”, “52 Amantes” (Pepe Carroll), “Lentidigitación” (René Lavand) y “Erdnase”, así como las ediciones inglesa, italiana o alemana de alguno de ellos.
Pero a pesar de estos defectos, la acogida fue maravillosa. Se agotó la edición rápidamente ¡hace ya 20 años!, tuvo críticas excelentes en varios países (a veces, a mi gusto, casi ditirámbicas) y muchos magos me han escrito o comunicado verbalmente que su lectura significó para ellos un cambio de percepción en cómo sentir la Magia, o un estímulo para mejorarla.
Y ese es precisamente el único objetivo de este libro. Transmitir al lector o lectora una exigencia pasional por la buena magia, la Magia Artística. Para ello, el rigor y el esfuerzo de un “Método” para analizar, mejorar y componer, juegos y rutinas.
Aunque también, alguna vez, el Método ha podido ser entendido como portavoz de un excesivo recordatorio de la parte “tramposa” de la Magia. Malentendido que es culpa mía por no aclarar con énfasis suficiente que las maneras de demostrar que hay pistas falsas que conducen a soluciones falsas del efecto mágico, no es llamando la atención sobre ellas, ni siquiera sobre su inexistencia, sino impidiendo que se le puedan ocurrir al espectador, que no le despisten y “ataquen” perturbándole así su sentimiento mágico.
Antes que indicar “no uso las mangas”, subírselas antes de empezar el juego; en vez de indicar “no uso cartas extras o no están trucadas”, dejarlas antes y después en manos de los espectadores…
Porque salvo las escasas excepciones que toda regla artística permite, el Método de la Vía Mágica trata de hacer inimaginables o invisibles las posibles “trampas” que se le hubieran, quizás, ocurrido al espectador (puede incluso que sin quererlo, sin buscarlas) en caso de no utilización del Método.
Pero ni que decir tiene que la aplicación en la práctica del mismo ha de estar gobernada por la sutileza, la sugerencia y… el buen sentido artístico del mago o maga.
Se trata pues, de que el mago, como buen guía (buen comunicador y emocionador: “Los cinco puntos mágicos”) acompañe al espectador para que no se pierda, para que se dirija directamente por la Vía Mágica (auténtica, única) al Arco Iris de la Magia: el lugar de la Fiesta, la Imaginación, el Arte.
(A veces, quizás, sí una pequeña “pista falsa” para que al entrar por ella, y encontrar una evidente, quizás absurda falsa solución, el espectador sienta inútil el tiempo perdido y sólo pierda las ganas de confundirse, des-viarse y despistarse, nunca más. Porque perdería. Y perdería lo mejor: el final de la Vía Mágica, el gozoso, fascinante, hermosísimo Arco Iris Mágico).
Allí vamos ¿nos acompañas?